
No cuesta nada, pero vale mucho.
Enriquece a quien la recibe, sin empobrecer a aquél que la da.
Pasa en un abrir y cerrar de ojos, pero su recuerdo a veces dura toda una vida.
No hay nadie tan rico que no la necesite, ni nadie tan pobre que no la pueda dar.
Crea la felicidad en el hogar, alienta la buena voluntad en los negocios, y es la contraseña entre los amigos.
Es descanso para el fatigado, luz para el decepcionado, rayo de sol para el triste, y antídoto de los problemas.
Pero no se puede comprar, ni pedirla prestada ni robarla, porque es una cosa que no vale nada a nadie hasta que la regala.
Si a alguien por la tristeza se le ha olvidado sonreír, regálele una de las suyas y lo hará feliz.
Y si por las prisas del trabajo alguno de nosotros está demasiado ocupado para entregarle una sonrisa, ¿podría Usted dejarnos una de las suyas?
Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como aquel a quien ya no le queda ninguna para dar.
Esto estaba escrito en un cuadro que durante mi infancia estuvo en mi casa, colgado en la pared de un aposento al que necesariamente tenía que ir por lo menos una vez al día para quedarme ahí sentado un rato, sin nada que hacer más que leer y releer estos "pensamientos" hasta memorizarlos... El poco romanticismo implícito en la actividad que yo iba a hacer a ese aposento, indigna siquiera de relatarse (aunque se pueda sospechar cuál es...), no menoscaba en nada la poesía que deparaba ese cuadro... que le regalaron a mi papá una vez que fue a comprar unas herramientas a la "Ferretería Lorgio Álvarez" de Puntarenas...
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