sábado, 26 de enero de 2008

Güilas, casos de la vida real

Bueno, sí, primero que todo, un saludo a la afición:



Bueno, sí, creo que sí, ¿no?, así es el fútbol, hay que seguir trabajando…

Que haya muchos 25’s más.

Y ahora sí, lo que iba a contar:

Sólo una vez en la vida he estado en la ciudad de Heredia. Y fue sólo un rato, que estuve ahí mientras la buseta en que iba, o más bien el chofer, hacía una “parada estratégica”, ahí por el Parque. Pero me alcanzó el tiempo para verificar las dos cosas que tanto había escuchado sobre la ciudad: Uno, que la gente ahí camina por media calle (ja, ja, ja); y dos, que la densidad demográfica de sádicas y reventadas es, o debe ser, la más alta del mundo…

¡Qué bárbaras! ¡Y con sólo un rato que estuve! Mis ojos no tuvieron tregua y mi boca se abrió cual Túnel Zurquí… Si es que parecía que estuviera viendo un partido de tenis: miraba a la izquierda, volteaba a la derecha, volteaba a la izquierda, otra vez a la derecha…

Así que ratifiqué lo que me había dicho un herediano que conocí una vez: Que la “Ciudad de las Flores” es de hecho, la capital de las mujeres bellas de Costa Rica… “¡Mae!”, decía, casi gritando, “¡no hay lugar con más bellezas que Heredia! ¡N’hombres, si es que comparadas, las mujeres de aquí son un poco de feas…!”

Con “de aquí” se refería a de aquí, el pueblo donde yo vivo. El hombre mentía a medias: Las mujeres de mi pueblo sí son MUY lindas; lo absolutamente cierto, es que en Heredia hay una mayor concentración que en cualquier otro lugar del país.

Con todo, Heredia será la capital, pero hay un montón de lugares que, si no se ponen vivos, les pueden arrebatar la supremacía: Pérez Zeledón, Palmares, Guápiles, Turrialba, Santa Ana, el Puerto…

Pero yo puedo dar fe de que aún en los rincones más apartados de la geografía nacional, en los que uno puede llegar a pensar que no hay nada, ni viento porque éste antes de llegar ahí se devuelve, hay unas güilonas que se para el sol a verlas.

Así me encontré una la vez que anduve en una extraña gira por el distrito de Bioley, cantón de Buenos Aires de Puntarenas. A través de esos caseríos al puro pie de las montañas, a los que se llega tras mucho rato sobre un camino malo en verano y peor en invierno, donde la pulpería, la plaza de mejenguear y cuatro casas constituyen “la ciudad” y el resto son fincas de café, con casas desparramadas a lo largo del camino o incluso, bastante apartadas de éste.

A una de esas, apartadas, me tocó ir. Había que dejar el carro en el camino y subir una colina por un trillo hecho a punta de pasar por él humanos y caballos. Así se llegaba a la casa, en “el altillo”; y me sorprendió ver que detrás de ella, había un precipicio hacia una quebrada que se oía rugir en el fondo, y al otro lado estaba el cafetal, en la ladera de la cordillera, y tan empinada me pareció que pensé que la gente ahí más que coger café, hacía rapel…

Caminé hacia la pequeña casa. Como todas las del campo, gracias a la tranquilidad con que ahí se vive, no tenía muro, ni verjas en las ventanas, ni la puerta estaba “cerrada con tres candaaaaadoooooos..” (¡yija, adentro Los Tigres!), sino abierta de par en par. Sólo un perrillo con sus lastimeros ladridos intentó impedirme el paso. Me di autorización yo mismo para entrar hasta el corredor con un simple “¡Buenas, con permiso!”, y me asomé por la puerta.


Y ahí estaba. Sentada en el veintiúnico sillón de la sala, viendo tele. Una preciosa trigueña de pelo no muy largo, que se veía húmedo, como que se acababa de bañar. Como suele decirse, rostro angelical y cuerpo diabólico, ceñido a una simple camiseta blanca y un short celeste del que emergían unas piernas tan torneadas y maravillosas, que se me hizo agua la jeta. Y seguro puse una cara muy de estúpido, o mi voz se quebró muy raro cuando, tras un instante congelado, le dije como en cámara lenta: “¿Está don Fulano?”; porque aquella diosa frunció su carita e hizo un mal modo mientras pronunciaba la frase más dulce y melodiosa que yo había escuchado en mi vida:

“¡Mi tataaaaaaaaaa! ¡Lo buscan unos carajoooooooos!”

Bueno, ciertamente, he escuchado palabras más bonitas, pero es que en la boca de aquella lindura, hasta una mentada de madre se habría escuchado como música celestial…

Y no pude contemplar mucho más a aquel colmo de la hermosura, porque por supuesto, yo, simple mortal, no era digno de estar en presencia de aquella diosa. Por eso ella se levantó, y mientras el papá tomaba su lugar frente a mis ojos, se metió en un cuarto, y no la vi más. Sobreponiéndome, le entregué al señor lo que tenía que entregarle, y me devolví por el trillo, temblándome las canillas y moviendo la cabeza en ademán negativo, pensando: “Sia tonto, qué güila me fui a encontrar en este destierro…”



La otra ocasión en que me sorprendí ante esta realidad, que afortunadamente disfrutamos en Costa Rica, fue cuando me tocó ir en una gira similar por las reservas indígenas de Boruca y Cabagra. Esa vez iba con un chofer de una empresa cafetalera, a andar por esos rumbos buscando a un montón de pequeños caficultores morosos para notificarlos de que, o pagaban, o la iban a ver por un hueco...

Así que de entrada la gira era ingrata, por el papel de sapo y enjachador que me tocaba cumplir; pero empeoró al máximo cuando, tras medio día de andar por las poblaciones principales de las reservas, sobre caminos más o menos decentes, nos tocó ir a buscar a un señor que vivía en un... bueno, destierro es poco...

Hubo que desviarse del camino principal, para tomar por una cosa que no se podía llamar camino... Un pedrero del puro diablo, con zanjas y huecos de toda clase... Era en marzo, así que el calor, el sol y el polvazal estaban en lo más y mejor. Aquel simulacro de carretera nos internó en un desierto de inmensos potreros sin ganado, al pie de unas montañas cerradas, que bajo aquel sol de las dos de la tarde hasta que sudaban sangre. Y como ya conocía, ya había pasado por ahí y además se nos estaba haciendo tarde, el chofer mandó el carro por esa trocha como por una autopista; y empezamos en una brincadera que hacía crujir cada parte del carro y a mí me tenía batido todo por dentro, al punto que llegué a sentir que en cualquier momento se me iban a salir las tripas por la jeta...

Así llegamos a la casa del señor, allá donde el pisuicas dejó perdida la chaqueta, le entregamos la cuestión, le hicimos el enjache de rigor, y nos devolvimos. Otra vez la brincadera y mis pulmones revolcándose con mis intestinos, como en la lucha libre...

Pero como no hay mal que por bien no venga, también en ese descenso a los infiernos nos encontramos con una alegría para el sufrido pueblo. Tras subir una cuesta, y llegar a un llano donde el caminillo hacía una recta, distinguimos la estilizada silueta de una muchacha que caminaba en la misma dirección que nosotros, doblada por aquel solazo brutal. Ni tres segundos tardó el chofer en exclamar: "Diay, como que a esta pobre güila nos va a tocar llevarla..." Y yo que me iba a hacer de rogar, seguro...

Era una morenaza de pelo lacio negrísimo, ella también, cómo no, de rostro divino y cuerpo endiablado. Como caminaba por el lado derecho del camino, a mí me tocó hacer el papel de caballeroso para invitarla a subir. Cuando la alcanzamos, el chofer frenó el carro y en medio de una nube de polvo del carajo, casi al mismo tiempo yo dije "muchacha, ¿la llevamos?", abrí la puerta y me hice tirado para dejarla subir. Nunca me había sentido feliz de que los zapatos se me ensuciaran, como en ese momento en que serví de príncipe valiente para rescatar a aquella princesa de morir asada en semejante desierto...

Probablemente la bestial polvareda le impidió a la bella observar bien las colmilludas fauces de aquel par de lagartos, que más que hacerle raid iban a secuestrarla; de haber podido vernos, seguramente habría huido espantada... porque ante su belleza, el chofer y yo estábamos hechos ya unos hombres lobo, y sólo nos faltaba aullar...

Pero, cuando la pobre se dio cuenta, ya el carro iba otra vez a toda velocidad, brincando de piedra en piedra y de hueco en hueco. Y mejor dicho, iba manejándose solo, porque el chofer ya ni miraba hacia el remedo de camino por ir haciéndole conversación a aquella sádica; y yo, en mi lado del pasajero, muy al descaro hice aún más estrecho el espacio en la ya de por sí incómoda cabina de aquel Hilux, pegándome a la morena como estampilla, al punto que hasta deslicé mi brazo por detras de su nuca y le agarré todo sinvergüenza el hombro izquierdo, mientras le decía: "Güila, mejor agarrémonos, porque en esta brincadera nos vamos a salir por el parabrisas..."

Así que si de hecho ese viaje infernal ya era malo, para aquella morena debió ser una tortura china, con semejante acoso sexual de parte de aquel par de patanes... Bueno, en realidad no fuimos tan desgraciados, sólo estábamos esforzándonos mucho por ser "amistosos"... Pero seguro que fue un alivio tan grande para ella, como frustración para nosotros, cuando por fin llegamos al pueblo de Boruca y tuvimos que "dejarla" bajar... Á duras penas (literalmente) me despegué de la hermosa criatura, abrí la puerta y me bajé. Como todo un gentleman (lo cual soy, ejem, ejem), le tendí mi mano para ayudarla a bajar. Una vez que bajó, inesperadamente me ofreció el cachete para que le diera un beso de despedida; y yo, claro, le estampé uno que hizo eco en todo el pueblo. Finalmente la vimos alejarse por una calle y sólo hasta que dobló la esquina, volví a subirme al carro para que continuáramos nuestro viaje.

De ahí hasta que llegamos a nuestro pueblo, el chofer y yo no hablamos ni una palabra más. Sólo de vez en cuando, el recuerdo de aquella morena, en forma de suspiro, rompía el silencio...



Esas experiencias fueron hace algunos años, y desde entonces, ando siempre con el radar puesto, listo para detectar el momento en que del rincón más escondido, salga una muñecota para refrescarme la vista y alegrarme el corazón... Así que ahora, ya no me sorprendo para nada de que aún en el lugar más olvidado del país, con sólo abrir los ojos es posible encontrar vivos ejemplos de la belleza de la mujer costarricense, famosa en el mundo entero.

Sólo me quedaba un sitio inexplorado, el único adonde yo podía "ir" y ser verdaderamente sorprendido por la aparición ante mis ojos, de una güila tan sádica que desde el mismo instante de verla por primera vez, ya no la pudiera borrar de mi memoria. Ese sitio era la Internet.

Claro, llevo mucho tiempo recorriendo esos mundos cibernéticos, viendo toda clase de cosas, leyendo y escuchando, sumergiéndome en ese universo virtual. Pero, aunque por eso ya sé que en Internet uno puede encontrar cualquier cosa imaginable, no me esperaba en absoluto que al hacer click sobre aquel enlace del Foro de Costa Rica, tuviera que tirarme para atrás en la silla, como empujado por un huracán, al ver esta foto:


Esto ya no es belleza, es sadismo... Esto ya no es suficiente, es mucho con demasiado... Esto ya no es divino, es pecado... Y como no podía ser de otra forma, no vive en otra parte sino en HEREDIA...

¡Uuuuuhhhhh...!

Por eso, si alguna vez alguien le dice que Costa Rica es un país insignificante, cuéntele de lo que son las mujeres de aquí, para que se calle; porque en esta materia, la de la belleza femenina, somos los indiscutibles campeones del mundo...

"Actriz invitada" de hoy: Nathalie. ¡Gracias, Nathy!

martes, 22 de enero de 2008

El valor de una sonrisa...


No cuesta nada, pero vale mucho.


Enriquece a quien la recibe, sin empobrecer a aquél que la da.


Pasa en un abrir y cerrar de ojos, pero su recuerdo a veces dura toda una vida.


No hay nadie tan rico que no la necesite, ni nadie tan pobre que no la pueda dar.


Crea la felicidad en el hogar, alienta la buena voluntad en los negocios, y es la contraseña entre los amigos.


Es descanso para el fatigado, luz para el decepcionado, rayo de sol para el triste, y antídoto de los problemas.


Pero no se puede comprar, ni pedirla prestada ni robarla, porque es una cosa que no vale nada a nadie hasta que la regala.

Si a alguien por la tristeza se le ha olvidado sonreír, regálele una de las suyas y lo hará feliz.

Y si por las prisas del trabajo alguno de nosotros está demasiado ocupado para entregarle una sonrisa, ¿podría Usted dejarnos una de las suyas?



Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como aquel a quien ya no le queda ninguna para dar.



Esto estaba escrito en un cuadro que durante mi infancia estuvo en mi casa, colgado en la pared de un aposento al que necesariamente tenía que ir por lo menos una vez al día para quedarme ahí sentado un rato, sin nada que hacer más que leer y releer estos "pensamientos" hasta memorizarlos... El poco romanticismo implícito en la actividad que yo iba a hacer a ese aposento, indigna siquiera de relatarse (aunque se pueda sospechar cuál es...), no menoscaba en nada la poesía que deparaba ese cuadro... que le regalaron a mi papá una vez que fue a comprar unas herramientas a la "Ferretería Lorgio Álvarez" de Puntarenas...
bla bla
bla bla

lunes, 21 de enero de 2008

Cumpleaños de Glochis


Queque de fresas para la fresa... Una por cada año que está cumpliendo hoy, je, je, je... ¿No? Ah, perdón... Entonces, una por cada docena de amigos que está feliz junto con ella.

O.K., vamos a cantarle a Gloriana... Uno, dos, tres:

We wish you a Merry Christmas, we wish you a...

¡Eh, suave, suave!... que puse el disco equivocado... Ahora sí:

Happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday dear Glochis... happy birthday to youuuuuu...

¡Sople, sople, sople...!

sábado, 19 de enero de 2008

Pase adelante, ya abrimos...



Pues sí, damos inicio a este blog que va a estar consagrado a la chamaca más preciosa y rica que puede uno encontrar en los Hi5 de Costa Rica... DIANIS, por supuesto...


Con la ventaja de que, a diferencia de cuando estábamos en el Foro de Costa Rica, que aquí se puede hacer un "peaje" y rechazar a los amargados y mozotes que quieran venir a joder la vida...



Así que, aquí vamos. Poco a poco iremos dándole forma a este "culto pagano" a la diosa de ojos verdes y grandes... virtudes, je, je, je...




Gloriana...

Claro que no puede faltar Glochis aquí. Para nosotros es tan importante como lo es para la misma Diana...



Y es que, además de ser pura vida, también está rica como ella sola, ja, ja, ja... ¡Gracias Glochis por agregarme!